Carlos Fenollosa — Blog

Thoughts on science and tips for researchers who use computers

Os podéis quedar internet. Enhorabuena por la victoria.

October 16, 2026 — Carlos Fenollosa

Leo el texto que Rachel Kroll ha titulado «I'm still around.. I'm just not writing here.» junto a su discusión en lobste.rs. Me ha producido una impresión inenarrable, catártica. Describe el fenómeno que estamos viviendo muchos creadores, quienes hemos ido dejando de participar activamente en la red. «The web is broken. You can keep it». Es la mejor forma de articular con palabras la creciente desilusión que muchos sentimos al ver en qué se ha convertido nuestra querida internet, esa «ciberautopista» que nos hizo soñar con la libertad de comunicación e información.

Las redes sociales llevaban años llenando el vaso y la IA generativa lo ha desbordado. Los eventos se han precipitado y no hay vuelta atrás. Yo lo llamé «la singularidad», pero este concepto me hacía más gracia cuando todavía era hipotético. Abracé esta tecnología bajo una serie de premisas y estas se han dejado de cumplir, abolidas por sus actuales amos. Estoy profundamente dolorido. Escribo este artículo desde las tripas y espero que todo aquel que haga el esfuerzo de leerlo —que reconozco y agradezco— sienta los mismos retortijones que yo. Este es mi panegírico a internet.


Se ha destruido el contrato social de internet

Tradicionalmente, escribir en la red era una forma de ayudar a otros seres humanos y conectar con ellos. Lo primero que hice cuando me conecté a internet en 1999 fue crear una página web con trucos para el Final Fantasy VII para que otros pudieran disfrutar del juego. He visto el auge y el declive de blogs, foros, Flickr, podcasts, Fotolog, Usenet, canales de Youtube, Facebook, Twitter, Substack. He visto la web 1.0, la 2.0, la 3.0, y he perdido la cuenta. Décadas de participación, de artículos, comentarios, tutoriales, consejos, soluciones y, por qué no admitirlo, opiniones no siempre acertadas pero que escribí con la honesta intención de contribuir a un mundo mejor.

Todos los incentivos que tenía para seguir creando en la internet moderna han desaparecido. La decisión racional es, pues, dejar de hacerlo.

Cuatro factores, con diferentes orígenes pero relacionados entre ellos, han destruido el contrato social de este internet que se ha vuelto irreconocible y al que, si no le llamamos de otra manera, es por simple inercia histórica. Son estos, que desglosaré en el resto del artículo.

  1. Las redes sociales algorítmicas han levantado una barrera entre los creadores y los consumidores, desfigurando los criterios de calidad. Ya no se consume lo mejor, sino aquello más corto y adictivo, lo «viral». Las apps se han optimizado para el contenido breve, impactante y estremecedor. No tengo ninguna duda de que este hecho se estudiará en el futuro como la crisis que provocó la destrucción de internet.
  2. Las empresas de IA generativa han abusado de la buena fe de los creadores, intermediando sus contenidos, sus plataformas, y monetizando sus creaciones. Esto no es nuevo; fue Google quien lo inició hace una década. Pero los chatbots van más allá y sencillamente sacan al creador de la ecuación.
  3. La facilidad para agregar y resumir texto hace asequible y, por tanto, inevitable, el perfilado masivo de usuarios. Siempre supimos que todo lo que subíamos a internet era para siempre. Pero no creímos que existiría una mente masiva capaz de digerirlo y mostrarnos desnudos frente al mundo.
  4. Los expertos han perdido su autoridad. El lector cínico afirmará que no es nuevo. Lo sé. Pero ahora que la cuestión discutida resulta ser aquella sobre la que yo soy un experto, se rompe la ilusión: leo demasiadas sandeces y paparruchas que la prensa da por válidas de forma totalmente acrítica. Creíamos que disponer de toda la información del mundo erradicaría la mentira, pero ha sido exactamente al contrario.

1. Se acabó navegar por internet

El origen de toda esta tragedia, el motivo principal, es que la gente ya no «navega» por internet. Ya no escribe la dirección de una página que le gusta y la visita para ver si han publicado algo nuevo. Tampoco la guarda en favoritos ni se suscribe a su RSS. Qué va. Los amos de internet han ejecutado con éxito una estrategia lenta y premeditada para desincentivar la navegación tradicional. La «navegación» por internet se ha reducido a entrar a la app de una red social y alimentarse de la papilla de contenidos que su algoritmo considera que uno debe consumir.

Pero, ¿qué contenidos promociona el algoritmo?

La primera regla de la red social es no mostrarte enlaces. La empresa quiere que seas un yonki de su app. No es una exageración: es una sentencia judicial. En Twitter, compartir un enlace a la plataforma vale 100 veces más que leerlo, 40 veces más que un like, 4 veces más que dejar un comentario. Instagram directamente prohíbe los enlaces, el concepto que dio vida a internet. La empresa no quiere que navegues, quiere que le traigas más adictos.

La segunda regla de la red social es enganchar al usuario. Cada plataforma cuenta con un equipo de psicólogos que diseña los algoritmos para provocar reacciones viscerales. Las más sencillas de producir son las negativas: el odio, la indignación, la ira. Los americanos lo llaman «doomscrolling»: pasar páginas y páginas de titulares hasta que la fatalidad del mundo acaba contigo. Dado que es mucho más fácil compartir una mala noticia indignante que una buena que hace pensar, en los últimos diez años los titulares se han vuelto indistinguibles de las fake news. Los contenidos se han reducido a su mínima expresión, desvirtuando completamente la realidad, fomentando la cultura del «ticker» o «cintillo», el carrusel de titulares, que favorece la adicción por encima de la comprensión. Los usuarios se vuelven adictos a las mentiras que les destruyen la mente y polarizan a la sociedad. Los psicólogos lo saben, pero las facturas no se pagan solas.

La tercera regla de las redes sociales es la promoción. Al haber desaparecido la navegación tradicional, escribir artículos como este es chillar al vacío. Tengo más de 30.000 seguidores en Twitter, pero cuando cuelgue el enlace a este texto, menos del 1% lo verán en sus pantallas, y aún menos lo leerán. Te comentaba que Twitter no quiere que salgas de su app y vengas a esta página a leerme. Como solución, Twitter me propone pagarle para que la gente que ha hecho clic en «leer a Carlos» pueda leer lo que escribe Carlos. Extraño negocio este. La audiencia está secuestrada por las redes sociales algorítmicas. Como alguien que todavía usa RSS y que, cuando sigue a alguien por internet, es porque quiere leer lo que escribe, este chantaje me produce arcadas.

La cuarta regla de las redes sociales es la servidumbre del creador. Si todo fuera malo, nadie usaría las redes. Su propuesta más atractiva es única: permiten «viralizar» el contenido. Sobre el papel, es una fantástica meritocracia, donde el buen contenido flota por encima de la basura. Pero, en realidad, la red es un pequeño señor feudal. La «viralización» no es espontánea, casual. Exige un enorme esfuerzo y constancia en redes sociales, seguir unas «reglas». Si quieres que alguien te lea no basta con escribir y cultivar una audiencia gota a gota. Tienes que venir a jugar.

¿Estás dispuesto a llegar hasta el fondo?

Lo que no se promociona no existe. No basta con escribir, con grabar: debes además publicar reels o tiktoks o shorts para promocionar el contenido principal. Las plataformas te penalizan si sólo publicas contenido largo. El creador se ve obligado a dedicar esfuerzo extra a crear materiales específicos de promoción. Y se genera una paradoja: el trailer empieza a tener más visitas que el contenido. Surge la duda razonable: ¿qué sentido tiene el esfuerzo inicial, si a la gente le interesa más el resumen? La conclusión es evidente: merece más la pena hacer sólo resúmenes. Así, el resumen pasa a ser el original. El contenido corto se come al largo. El modelo de publicación y de consumo ha cambiado.

Conozco el sistema porque en su momento decidí jugar. Después de meses picando piedra, uno de mis contenidos se viralizó y logró convertirse en el segundo tuit más leído de la semana en todo internet. El influjo de seguidores y comentarios me sobrepasó, pero realicé un esfuerzo desinteresado por ayudar a todos los que me lo pidieron. Semanas después, circunstancias personales me hicieron romper la racha de publicaciones y el algoritmo me empezó a penalizar de nuevo. Dejar de publicar regularmente es saltarse «las reglas». Tomarse un descanso implica volver al agujero negro.

Me recuerda a la historia que me explicó un amigo, ciclista amateur, muy bueno, cuando se le presentó la oportunidad de convertirse en profesional. Le preguntaron si estaba dispuesto a doparse. No dudo de que sería con otras palabras, así como tampoco dudo de que la definición de «doparse» puede ser muy amplia y consistir únicamente en técnicas legales. Pero la implicación estaba clara como el agua. La decisión implicaba llegar hasta el fondo. Si quieres jugar no hay medias tintas. Mi amigo declinó. «Extraño juego, el único movimiento para ganar es no jugar».

Muchos creadores, presionados por las exigencias de los algoritmos de recomendación, se han visto obligados a abandonar sus canales, exhaustos. El algoritmo exige periodicidades, duraciones, temáticas, formatos. Tú ves a un youtuber hablando, pero por detrás hay media docena de personas trabajando. Nos prometieron libertad creativa, individualismo y viralidad pero, al final, cada youtuber se ha convertido en un pequeño canal de televisión tradicional: programación, patrocinios, logística, producción, autocensura, calendarios, reglas, promoción. La ironía de esta situación alcanza niveles estratosféricos.

No puedo ser partícipe de este modelo inmoral que, por si fuera poco, ha destruido la capacidad de atención de toda una generación por treinta monedas de plata. Allá cada uno con su conciencia. Por ello, después de mucho meditarlo, he decidido dejar de jugar. La consecuencia evidente es que, sin promoción activa en redes, nadie verá mi contenido. Lo siento. No estoy dispuesto a llegar hasta el fondo.

«O pasas por el aro o es mejor que no publiques», dice el algoritmo.

Trato hecho.

Os podéis quedar con el algoritmo.

2. Se acabó crear contenido para ayudar a otros seres humanos

Exponerse es inevitable cuando uno escribe públicamente. En general, este riesgo valía la pena porque siempre había algún internauta que leía tus contenidos y les sacaba algo de provecho. Quizá le podías ayudar a arreglar un problema con su ordenador, o le habías proporcionado un enlace interesante. En el peor de los casos, se podía echar unas risas al leer las chorradas que escribía esa persona al otro lado del cable. Alguien sin rostro, pero con el que había una conexión porque, al fin y al cabo, esa persona venía voluntariamente a visitar tu página.

El incentivo original de la «web 2.0» siempre fue el de generar contenido para ayudar a los demás. En mis casi tres décadas en internet he escrito infinidad de tutoriales, guías, lecciones, ensayos, comentarios, reseñas... un sinfín de textos, imágenes, cómics, audios y vídeos con el objetivo totalmente altruista de que otro ser humano reciba un beneficio —cuyo valor monetario recogía Google, pero no quiero desviar la conversación. De todo este trabajo no he visto ni un duro. Tampoco fue mi objetivo. Ha habido pequeñas y maravillosas excepciones donde un alma caritativa decidió que era de justicia darme unos pocos euros por algún trabajo, pero no miento cuando digo que mi contribución ha sido siempre gratuita.

Yo era feliz con este acuerdo tácito, pero llegaron los LLM y lo rompieron. La diferencia con un buscador tradicional es que este ayuda al lector a encontrarte a ti y a tu página en internet, mientras que el LLM intermedia tu contenido, lo aprovecha sin citarte, y deja al autor en el olvido más absoluto. Nuestras contribuciones se han usado para alimentar modelos de lenguaje que enriquecen a empresas privadas estadounidenses. La buena voluntad se ha agotado.

He de reconocer que se trata de una transacción totalmente legal e, incluso, éticamente defendible por parte de las empresas de LLM. Defiendo que la IA generativa es una herramienta buenísima, espectacular, el culmen del ingenio humano. La uso a diario. Pero, sencillamente, cambia el paradigma: cuando yo escribí ese contenido el mundo era muy diferente. Siento que me han tomado el pelo, aunque sea de manera legítima. De haber sabido que serviría para enriquecer a unos pocos oligarcas y que, a diferencia de los buscadores, me silenciaría, me ocultaría y me despersonalizaría, quizá habría actuado diferente. Por ello, he decidido dejar de trabajar para estas empresas hasta que se renegocien ciertos básicos en este contrato social.

Os podéis quedar con los datos de entrenamiento para vuestros LLM.

3. Se acabó opinar y exponerse

No sé cómo llegó a mis manos un enlace a «la Grokipedia», una Wikipedia redactada íntegramente por el modelo de lenguaje de Twitter. Resulta que el bot ha creado un artículo bajo mi nombre. Dicho artículo, en realidad, no dice nada que no sea cierto o que yo no haya escrito. Se ha alimentado de todo el contenido que yo mismo he ido compartiendo voluntariamente durante los años. Pero no sólo en Twitter, también en mi página personal y en otras plataformas. El efecto resultante es más que la suma de las partes. Leer ese texto donde la máquina había generado mi perfil ideológico, enlazando historias durante varias décadas, me estremeció. No estaba preparado para enfrentarme a un reflejo que no puedo eliminar ni editar: un rastreador incansable sin un ser humano responsable a quien poder pedir explicaciones.

Evidentemente, uno se responsabiliza de todo lo que ha escrito. Pero las reglas del juego han cambiado, y lo enlazo con el punto anterior: puedo aceptar que se use mi contenido para entrenar LLM, pero jamás consentiré que se cree un perfil de mi persona. No es lo mismo escribir artículos pensados para ser leídos de principio a fin que resumirlos robóticamente en cuatro titulares descontextualizados.

Richelieu afirmó: «Dadme seis líneas escritas por la mano del hombre más honesto, y encontraré en ellas motivos para hacerlo ahorcar». Todo aquello que uno escribe puede ahora volverse en su contra, sin contexto, sin defensa posible, frente a bots y desconocidos de internet. El algoritmo mostrará porciones de tus textos y valoraciones sobre tu persona a usuarios que, al no conocerte de nada, inevitablemente lo interpretarán de la peor manera posible.

Escribir artículos en un blog, aislados, autocontenidos, siempre fue un riesgo calculado. Podía servir para darte a conocer, para que un posible socio, un cliente, una empresa, te consideraran una persona motivada, participativa o, por qué no, mejor que otro candidato. Lo de la presencia en internet se ha puesto muy de moda. Pero, antes, analizar y resumir la obra de una persona implicaba leer un número de artículos, lo cual tenía un coste temporal y cognitivo importante. Además, obligaba al lector a comprender los matices de dicha ideología, permitiendo la discrepancia razonable. Ahora es facilísimo resumir el perfil ideológico de cualquier internauta en una única palabra. Esta persona, ¿es de los buenos?

Dentro de unos años se dispondrá de buena regulación y de controles para evitar que esto suceda, pero necesitaremos que la tecnología y la sociedad maduren. Y la sociedad sólo madura a golpe de escándalo. Mi recomendación a quien lea este artículo es que considere seriamente borrar todo lo que ha escrito en internet, si es que aún puede. En el mundo de los LLM tener un perfil público en internet es una inconsciencia descomunal.

Os podéis quedar con la vigilancia masiva.

4. Se acabó defender la verdad

Que un campo de nicho en el cual eres un experto se convierta en el centro del zeitgeist mundial es un regalo envenenado. Se trata de una propuesta muy atractiva hasta que sucede en realidad. Inicialmente, produce una alegre sorpresa, la felicidad de que, al fin, el mundo entiende por qué aquello que tú siempre habías defendido ha resultado ser realmente importante. Este campo es, evidentemente, la inteligencia artificial.

Inmediatamente, la necesidad de generar discurso y llenar páginas empieza a atraer a su órbita a los todólogos. Las caras ya conocidas de la TV hacen un giro de 180° y dejan de ser expertos en política, pandemias globales o logística internacional. Ahora se presentan como expertos en inteligencia artificial. Aparecen en tertulias diciendo auténticos disparates y publican libros que las principales editoriales presentan por Sant Jordi.

Decidí que el debate sobre el impacto de la IA en nuestras vidas era suficientemente importante como para no dejarlo en manos de los profesionales de la opinión. Me arremangué y participé activamente en este discurso. Escribí un libro de divulgación sobre IA, publicado en 2024. Di charlas tanto académicas como populares. Intenté exponer argumentos elaborados y arrojar luz sobre un tema complejo para que el discurso pudiera avanzar en la dirección que yo creía correcta y, si no, que lo hiciera al menos de manera productiva. No lo logré.

Porque el verdadero problema se presenta cuando aparecen los intrusos profesionales: los periodistas. Ellos son los encargados de interpretar las noticias y crear una narrativa para la población. Así, después de un par de años de incertidumbre, la prensa ha concluido que «la IA» es algo malo, y la sociedad ha comprado este argumento. Posicionarse a favor de esta tecnología, aunque sea con reservas importantes, ya no digamos con matices, equivale a ser un traidor a la raza humana o un demente. La población cree aquello que desea creer y escucha lo que quiere escuchar. Ha sido realmente fácil convencerla de que «los centros de datos destruyen comunidades» cuando, en realidad, tomarse un café consume más agua que usar ChatGPT durante un año.

Las críticas a la IA son legítimas. Las comparto: escribí 256 páginas al respecto. Pero deben hacerse de manera responsable y con conocimiento. He visto abrir portadas de periódicos y de telediarios augurando que «la IA puede destruir el mundo sin querer» o que «existe un riesgo superior al 10% de que la IA mate a toda la humanidad». Una cabecera de primer nivel no puede permitirse presentar como certeza lo que es un debate abierto entre expertos o una nota de prensa redactada para aumentar la valoración de una empresa. Un titular así será consumido y dado por bueno por centenares de miles de personas, causando el pánico.

Es un error otorgar más autoridad a un profesional de la forma que a uno del fondo. Huelga reconocer que existen periodistas buenos con conocimientos técnicos, y los considero de mi equipo. Pero la narrativa dominante intenta convencer a los usuarios satisfechos de que, en realidad, no funciona y no deberían usarla. O quizá, que funciona demasiado bien y usarla les provocará —cito— «atrofia» o «retrasos» cognitivos. Depende del día. La cuestión es llenar minutos y lograr clics.

La disonancia cognitiva es absoluta. Los titulares apocalípticos chocan frontalmente con la tecnología con la curva de adopción más rápida de la historia. Miles de millones de personas la usan a diario. ¡A los usuarios les encanta! Se sienten empoderados, pueden hacer realidad todo lo que imaginen apretando un botón. Y los críticos aquí tienen razón cuando afirman que se abusa de ella. La sociedad se inunda de pulpa sintética diseñada para ser adictiva: vídeos de gatitos, menús de restaurantes, carteles de eventos, artículos, informes, ¡todos hechos con IA! Pero a la gente le gusta, ¿qué le vamos a hacer? Es inevitable. Me recuerda a la época en la que aparecieron WordArt o Comic Sans y todo el mundo empezó a usarlos sin criterio. Lo que necesitamos es más formación, porque tan solo invirtiendo treinta segundos adicionales, la IA es capaz de generar un resultado mucho más humano y decente.

Cuando publiqué el libro la editorial, con mucho esfuerzo, me preparó una campaña de entrevistas y apariciones en medios para profundizar sobre la cuestión. Me vi obligado a dejar de leer los comentarios que generaba. Da igual que un profesor de universidad presente la verdad con datos: el público rebate al experto porque «lo han leído en El País» o en un tuit de un famosillo. Es absolutamente comprensible que confíen más en una voz conocida que en un Don Nadie. El mundo funciona así. Pero para el experto el desánimo es total: ve cómo su esfuerzo se disuelve en un océano de patrañas, y se cansa de nadar contracorriente.

Os podéis quedar con vuestras fábulas —tanto las inventadas por los que cobran por desinformar como por los que lo hacen gratuitamente.

Unas últimas palabras

He presentado mis argumentos de la forma más cruda que me ha sido posible. Repito mi postulado inicial. Todos los incentivos que tenía para seguir creando en internet han desaparecido. Se ha vuelto imposible participar de forma casual, desinteresada y mínimamente segura. Los contenidos quedan secuestrados por el algoritmo. Sin un esfuerzo titánico de promoción, el mensaje nunca llega a aquellos que desean escucharlo. Cuando lo hace, queda aplastado; bien por la pulpa, por la «tiktokización» de los contenidos, o por la narrativa incesante de la prensa. ¿Cómo puede un individuo aspirar a que la audiencia le crea cuando choca frontalmente con el mensaje de sus firmas de confianza? Sólo un loco creería que tal disparate es posible.

Por si fuera poco, cada palabra que se publica contribuye a que los oligarcas extranjeros se hagan aún más ricos, y a crear un perfil personal del autor que sólo puede jugar en su contra. Tradicionalmente, esta exposición se compensaba por el beneficio de crear una marca personal. Con el nuevo internet, sólo es posible lograrla esclavizándose o pagando. La única conclusión racional es dejar de contribuir a internet.


Esto no significa que vaya a dar de baja mis cuentas o que abandone totalmente la red. Mi intención es más bien replegarme y reenfocar mi estrategia. Al fin y al cabo, estoy escribiendo este texto. ¿No es irónico publicar un artículo diciendo que es absurdo publicar artículos? Es una futilidad total. Pero espero contar con la generosidad del lector, quien seguro entenderá el argumento de fondo. Debo confesar que, a medio escribir, pensé si no sería mejor borrar toda esta inanidad y sencillamente callar. Pero el silencio me resulta imposible. Han destruido algo que quería y el despecho me empuja a denunciarlo. La situación es grave y es una obligación moral recriminarla. Todo el mundo debe ser consciente de lo que está pasando en internet.

No soy el único que piensa así. En el léxico han aparecido términos como «enshittification», «dead internet theory», «cámara de eco», «slop», que son tangenciales y, creo, refuerzan los presentados en este texto. No sé qué forma tendrá internet dentro de diez años, pero la que tiene actualmente me resulta absolutamente inaceptable. Y no puedo sino creer que irá a peor. Es imposible ser optimista con la tecnología: productos y servicios cada vez peores y más caros. Otro día hablaré de ello de forma más genérica. Quizá es esta la forma que ha tomado mi crisis de los 40. El gran motor de mi vida siempre ha sido presenciar —contribuir humildemente a— la invención de la tecnología última: una IA general. Ahora que llama a las puertas, descubro que dará la puntilla al internet que tanto amé.

Sé que existen alternativas, pero no soluciones. Conozco los esfuerzos que se están haciendo para recapturar la esencia de ese internet que nos enamoró. Participo en la smolnet y en las redes sociales no algorítmicas. Pero aquí va otra durísima verdad: no es posible volver atrás. Soluciones no hay. Todos estos sitios están vacíos. No es la respuesta que me gustaría dar, pero es la verdad. El que no pueda aceptarla que no se enfrente a ella. La gente con quien quiero hablar no está ahí, está en las apps dopamínicas. No les culpo: cuando das a un mono un cristal mágico que genera felicidad sería contra natura que no lo usara.

Voy a explorar la vida fuera de este internet que se ha convertido en una carrera de ratas. Quiero escribir más libros y que se publiquen en papel, un objeto real y tangible, un acuerdo tácito de esfuerzo entre el autor y el lector. Voy a explorar más las humanidades, un campo que, por el momento, Silicon Valley no nos va a poder arrebatar. Anunciaré un proyecto muy interesante y significativo dentro de unos meses. Quiero escribir artículos, pero no sé dónde.

Quiero seguir contribuyendo, pero inevitablemente será con otras condiciones. Evidentemente, será fuera del internet algorítmico, un engendro subvertido en contra de sus usuarios. Debemos aceptar que ha sido fagocitado por un sistema capitalista anfetaminado que ha demostrado estar dispuesto a convertir a sus usuarios en zombis a cambio de tres pesetas. Participar en él es inmoral. Tengo algunas ideas que necesito desarrollar y analizar con calma. Como profesional de la IA y de internet me sigue interesando mantener algo de presencia en este internet irrespirable, aunque sea con una pinza en la nariz. Después de veintisiete años publicando contenido quiero pensar que aún hay gente que lo quiere leer.

Detallaré los próximos pasos en otro artículo. Explicaré cómo podrás seguir leyendo lo que me gusta escribir, tanto en formato largo como en formato corto. Lo más probable es que consolide todo el contenido en mi web personal. También lo publicaré en Twitter, pero ya sabes qué pasará: acabará devorado por el algoritmo, arrastrado por un torrente de memes con miles de likes. El humor como anestésico. En fin. Este manifiesto es puramente ideológico y debe acabar aquí. Si te interesa, asegúrate de dejarme tu correo en este Substack y así no perderemos el contacto humano cuando salgamos de Matrix.

Os podéis quedar con internet los que lo habéis destruido. Enhorabuena a los vencedores.

Tags: internet, web, AI, life

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